Para todas las doñas de Ahualulco que siguen esperando....
(inspirado en investigación muy perrona)
No limpiaría más, no alzaría un dedo para remover el polvo, para tallar las ventanas.
Cenicienta sin sindicato y sin saber se fue a la huelga, no sirve de nada esa gracia que se consigue lavando, tallando los platos, no sirve la gracia que se gana dejando reluciente un baño.
Cenicienta se detuvo, como si alguien desde algún lugar la hubiera puesto en pausa, ni el padre muerto, ni la fealdad de las hermanastras justificaban tal atropello. La bondad que se ganó destrozándose los dedos contra el piso no merecía ser conservada.
Le contaron los ratones que vendría el hada y el príncipe, que era cuestión de persistir, de esperar que la calabaza se convirtiera en carroza. Después "felices para siempre" y "colorin colorado". Pero Cenicienta no siguió limpiando.
Quien contó su cuento no entendió jamás el dolor del pisoteado y si lo entendió seguramente pensó que se subsanaba con un príncipe azul y una zapatilla calzada en un pie pequeño. No deberían existir los príncipes (no solo por razones económicas o políticas) y menos los azules, no deberían existir los que rescatan y mucho menos las rescatadas. Quien escribió su cuento no supo como duelen las manos, los brazos, lo salados que son los llantos.
Cenicienta no quería merecerse el reino, para merecerlo hay que seguir sobre las rodillas mirando hacia abajo, seguir sufriendo, seguir callando.
Cenicienta sin sindicato y sin saber se fue a la huelga, abandonó su destino de princesa, de salvada, se paró firme sobre sus dos pies sin zapatillas de cristal, cruzó la puerta y marchó lejos, muy lejos de los cuentos, hacia cualquier lugar, hacia ningún lado.
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